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TESTIMONIO de la
mamá de un niño de 7 años
Nuestro hijo desde que nació fue un niño muy
demandante. Por cierto, tuvo un nacimiento muy difícil,
nació con una severa infección pulmonar que le
significó algunos días de lucha para vivir. Lo
tuvimos en nuestros brazos recién cuando tuvo siete
días de vida. Era un bebe muy ansioso, durante los
primeros meses se alimentaba cada hora, y asumimos
que era a consecuencia de su nacimiento. Obviamente,
no descuidábamos la parte médica; además de sus
chequeos pediátricos, y por temor a alguna secuela
importante, en el primer año de su vida acudíamos
una vez al mes al consultorio de una neuropediatra.
Desde muy pequeño, recuerdo claramente que a los
tres meses lo llevamos por primera vez a un santo
infantil, nos fue imposible entrar a aquella casa.
Los llantos fueron estrepitosos a pesar de que la
bulla no era tanta, solo pudimos entregar el regalo
en la puerta y regresar, no nos quedó otra. Era un
bebe que no sonreía, muy serio, al punto tal que
gente que le hacía mimos por la calle o que trataba
de hacerle algún halago, porque era muy bonito y
muy cachetón, terminaba poniéndole apodos como
“el molestadito” o “Miguel Grau”. Esto era
prácticamente una constante. Nos pudo sonreír, en
casa, a los siete meses, si mal no recordamos.
Era
un niño muy llorón, y sobretodo muy difícil para
conciliar el sueño desde que vino al mundo.
Recuerdo que cuando tenía un mes de nacido, nos
encontrábamos en un club y era tal el llanto
(porque el volumen era muy fuerte, y a pesar de
estar al aire libre la gente se preocupaba) que una
nana, de aquellas con experiencia, no se aguantó y
me pidió permiso para cargarlo y tranquilizarlo.
Por supuesto que la inexperta de la madre aceptó
tal ofrecimiento como si se tratara de un ángel
guardián caído del cielo. Esta nana lo puso boca
abajo en su coche y comenzó a mecerlo hasta que se
quedó dormido. Así que esta cátedra somnífera
fue adoptada para estos fines. Era tan difícil
hacer que concilie el sueño, que recuerdo en
algunas madrugadas, haber tenido que bajar a la
calle para hacer este movimiento sobre la tapa de
hierro que hay en la pista en la esquina del
edificio donde vivimos. Era inevitable que los
carros pararan a preguntar si necesitaba ayuda.
La dificultad para dormir nunca mejoró, el estrés
que esto nos ocasionaba es indescriptible, y casi
una tortura porque se presentaba cada día. A los
siete años que tiene nos manifiesta que lo peor que
le puede suceder es dormir.
Conforme iba creciendo, me daba cuenta de su
incapacidad para estar “entre los otros”.
Cuando aún gateaba e íbamos al parque, no
soportaba que nadie que no sea yo o su nana, se le
acercara. Al año y ocho meses decidimos que le sería
muy beneficioso ir al nido. Nos costó un par de
meses que se acostumbrara, pero lo hizo muy bien.
Solo que sociabilizaba muy poco. Al darnos cuenta de
esto, buscamos algún refuerzo que lo pudiera
ayudar. Así fue, iba dos veces a la semana a un
taller en el que trabajan el aspecto educativo en
los niños con música, esta experiencia fue muy
buena, porque lo ayudó muchísimo, pero le costaba
mucho ir. Pudimos motivarlo durante tres años,
luego de los cuales ya nos fue agotador seguir
persistiendo.
En la etapa del nido, presentaba ciertas
manifestaciones no tan comunes en el resto de los niños.
Por ejemplo, de un momento a otro se ponía a
llorar, y aparentemente no había pasado nada
singular ni amenazante para que esto ocurriera.
Felizmente el equipo de maestras eran tan
comprometidas con el sistema que impartían,
obviamente esto era la prioridad a la hora de
escoger el nido, que estaban muy involucradas en
conocer qué era lo que estaba sucediendo. Entonces,
recibía llamadas telefónicas frecuentes por parte
de las profesoras para contarme exactamente lo que
estaba sucediendo, y pidiéndome consejos para saber
cómo tratarlo. Por supuesto que esto fue durante
una primera etapa, hasta que lo llegaron a conocer
del todo, y como sucede con sus padres, se
acostumbraron a su “personalidad”.
Cuando llegó el momento de la etapa escolar, cuando
cumplió los cuatro años, habíamos decidido que no
lo presentaríamos a ningún colegio todavía,
porque veíamos que estaba tan adaptado al nido, que
era mejor esperar un año más a que madurara un
poco más emocionalmente. Éramos conscientes de que
era un niño muy hábil e inteligente, pero igual
preferimos esperar. Hasta que un día una tía nos
habló, al ver su habilidad para los rompecabezas y
por algunas preguntas que le hizo (ella tiene un
nido) y nos dijo que nuestra decisión era la
errada, porque opinaba que nuestro hijo se iba a ver
rápidamente desmotivado en el nido, que estaba muy
adelantado, y que lo mejor sería que entrara al
colegio. Con muchos temores, lo presentamos e ingresó.
Además se trataba de un colegio grande y teníamos
nuestros reparos en cuanto a su adaptación. Pero
tuvo muchísima suerte, desde el primer día su
profesora detectó que no le sería fácil, y desde
el primer momento lo cogió de la mano, y no se la
soltó durante toda aquella mañana.
Este gesto fue quizás el más importante
para ayudarlo en su nueva etapa.
A los cuatro meses de iniciadas
las clases, mi marido fue al colegio a recoger las
evaluaciones. En la pared de la clase estaban los
dibujos realizados por cada niño sobre la familia,
era el tema que habían trabajado durante todo ese
mes. Ya acostumbrados a la singularidad de nuestro
hijo, mi marido me describió que el único dibujo
“diferente” era el suyo. Al preguntarle en qué
consistía esa diferencia, me preocupé muchísimo,
porque se trataba de una familia de una persona y de
un animal. En ese momento no dije nada, pero al
tercer día no fui a trabajar y fui a pedir aquel
dibujo. Al verlo, le pregunté a la profesora si creía
conveniente mandar a evaluarlo, puesto que en casa
éramos cuatro personas, y no había animal alguno.
Ante sus ánimos procedimos a hacerlo con una
psicoterapeuta externa al colegio.
En los resultados de la evaluación, en realidad la
terapeuta no nos dijo nada nuevo, solo nos sugirió
la intervención para evitar una depresión a
mediano plazo, entre otras razones, porque era un niño
muy poco expresivo y con un grado muy alto de
ansiedad. En ese momento, a los cuatro años y seis
meses de edad, empezó el tratamiento psicoterapéutico
que duró dos años y medio.
Después de este periodo pudimos notar mejorías
importantes: el umbral de su tolerancia a la
frustración, que antes no existía, se había
ampliado considerablemente; aprendió a controlar
sus emociones en gran parte; logró expresar sus
emociones, recuerdo la primera vez que me dijo que
había estado feliz, las lágrimas se me cayeron
inconteniblemente; y su nivel de sociabilidad había
mejorado a todas luces; las pataletas habían
disminuido; la lucha para ir a dormir había
disminuido; sus negativas a todo también. Pero sin
embargo todo este esfuerzo no era suficiente.
Lamentablemente, a pesar de la evolución favorable,
tuvimos que suspender la terapia, por razones económicas.
Para esto nuestro hijo ya estaba terminando el
primer grado. Le había tocado una profesora muy
experimentada que lo ayudó muchísimo. Ahora puedo
decir que ha ejercido de coach con él. Sabía los
problemillas que tenía con él en casa, por sus
negativas, por sus respuestas desafiantes, no solo
hacia nosotros sus padres sino también hacia su
hermano menor, por sus repentinos cambios de humor
que solo se daban en casa, por lo difícil que era
fijarlo para que haga las pocas tareas que le
encomendaban. Ella asumió que el aspecto escolar
era de su responsabilidad y me liberó de buena
parte de esta carga, quizás lo que logró es que me
relajara y no viera mucho más, pero esto me fue muy
cómodo. Lo que sí, durante todo ese año nos
recalcó que cuando vinieran las vacaciones, teníamos
que reforzarlo mucho en la lectura y escritura,
porque si no al empezar el nuevo año le iba a
costar muchísimo. Al terminar el año, recibió un
diploma por el esfuerzo empeñado en llegar al nivel
que alcanzó, lo cual nos llenó de mucha satisfacción.
Pasado el primer mes de vacaciones, y
recordando lo que la profesora me había
manifestado, intenté sentarme con él a ejercitar
la lecto-escritura. Recuerdo aquel día como uno de
los más difíciles que he vivido. Era imposible
lograr siquiera que escriba una letra, entre que
tajaba el lápiz sin cesar, borraba la raya más mínima
que empezaba a dibujar en su intento por escribir, y
todas las preguntas inimaginables que se le pasaban
por la cabeza, no podía con él. Esta escena llegó
a ser tan fuerte, que hubo mucha violencia por parte
de los dos, pisé el palito, y la verdad es que no
era la primera vez, pero sí la primera en esa
intensidad. Fue tan terrible, que decidí contratar
a una profesora para que viniera a casa para estos
fines. Y quedé tan devastada, tanto que no lo podía
admitir y decidí evaluarlo nuevamente, pero con una
psicoterapeuta distinta a la que lo trató. Es así
que esta evaluación arrojó desatención y algunas
razones que explicaban su debilidad en la
lecto-escritura. Luego comenzó a acudir a una
terapia.
En el mientras tanto, ya había comenzado el segundo
grado escolar y su ansiedad se veía en aumento. La
presión en el colegio era fuerte, se había
implementado una currícula en inglés mucho más
intensa, y él se veía imposibilitado de estar a la
altura de las circunstancias. Su demanda era tan
solo para aprender inglés, desde que comenzó el
año nos pedía ir a una academia, cosa a la que no
dimos importancia porque pensábamos que era una
cuestión de tiempo hasta que se adaptara al nuevo
ritmo. Hasta que después de un mes, nos reclamó
que no le hacíamos caso y que lo que estaba
haciendo era pedirnos ayuda, y esto con lágrimas y
ansiedad. Él siempre nos ha demostrado gran avidez
de conocimiento, le encanta estar entre libros, esto
desde que gateaba, y siempre nos ha preguntado por
todo, sus interrogantes muchas veces nos han dejado
muy gratamente sorprendidos, y nunca hemos dudado de
su gran capacidad intelectual. Así que decidimos
responder a su pedido.
Las notas que nos traía a casa eran visiblemente
disparejas. Es decir, en un mismo curso, y esto
ocurría en cada uno, traía tanto sobresalientes
como desaprobados. Y era algo que no entendía. En
esta etapa yo estaba sin trabajo, así que cada
tarde me sentaba con él a ayudarlo con las tareas,
para mí era un calvario. El que él pudiera hacer
la tarea de una página, fácil nos significaba dos
horas de tira y afloja. Comenzaba a traer a casa,
los viernes, las tareas que no podía terminar
durante las horas de clase semanales, los fines de
semana comenzaron a ser tediosos, y sobre todo ya no
eran de relajo sino de estrés total. Ya no
podíamos planear salir todo el día, sino tan solo
un rato, porque el que se ponga al día significaba
muchas horas de estar sentados con sus tareas. La
dinámica era muy difícil, los cambios de humor
terribles, teníamos que turnarnos con mi marido
porque uno solo no podía con todo, además estaba
el menor de nuestros hijos que se veía como parte
de todo este sacrificio, ya que él tampoco podía
disfrutar al igual que nosotros. Era realmente
incontenible. Me daba cuenta de que el hecho de
llevarlo a la terapia de lecto-escritura no era la
solución, a la terapeuta le pregunté si era
necesaria una evaluación neurológica y me la
descartó de plano. Mi sabia intuición me decía
que lo que estaba haciendo no era del todo correcto
y que debía de buscar alguna respuesta adicional,
porque no entendía cómo una profesional trabajaba
con un niño solo desde ella misma, sin acudir a su
profesora, sin darme herramientas para que yo pueda
trabajar con mi hijo, quizás la única que
necesitaba de esa herramienta y apoyo era yo, así
que seguí en la búsqueda.
Decidí entrar a la web para ver qué era lo
adecuado o qué metodologías se utilizaban para la
desatención. Y de esa manera me encontré con la
página del APDA, tomé contacto telefónico con dos
de las terapeutas que allí indican, y ante mi
angustia, me escucharon todo el rollo. Ambas me
dijeron que no me apareciera en sus consultas sin la
evaluación de un neurólogo experto, fue así como
empezamos nuestro camino hacia nuestra salud
familiar.
Y por qué digo hacia nuestra salud familiar, porque
pienso que desde aquel día, en el que se le
diagnosticó TDAH, todo fue distinto. Primero,
porque sentimos gran alivio de encontrar una
respuesta a todo lo que venía sufriendo
silenciosamente, porque había un camino de
esperanza, de que todo el malestar, que ya era
familiar, podía ser mejorado, aunque no del todo
revertido, porque la información que recibimos y
que debíamos seguir buscando nos otorgaba tantas
herramientas para poder seguir viviendo con una
óptima calidad de vida.
Con el tratamiento medicamentoso, al sétimo día,
notamos que nuestro hijo había estado sufriendo
mucho más que lo que habíamos estado sospechando.
Cuando se dio cuenta de que podía hacer su tarea en
un período de tiempo normal, sin complicaciones ni
frustraciones, nos preguntó ¿qué está pasando?,
¿por qué hoy puedo hacerlo todo y bien? Y cuando
le hablamos de que la pastilla que estaba tomando
contribuía a esto, simplemente nos abrazó lleno de
alegría y nos dijo “Así sí vale la pena
vivir”.
Ya lleva tres meses de tratamiento y las mejorías
van en incremento. No solo en el rendimiento
escolar, sino en el cambio de su comportamiento.
Hemos dicho adiós a los repentinos cambios de
humor, a las negativas a todo, hasta la negatividad
al rechazo que él sentía por parte de sus amigos,
al entusiasmo que demuestra por todo, no solo por
hacer las tareas, ahora regreso de la oficina y ya
las tiene hechas (un sueño). También se refleja en
su relación con el hermano, con nosotros, ya no
tenemos que pensar cómo debemos decirle algo para
evitarnos todo un esfuerzo adicional emocional y ya
hay tiempo para cosas triviales. Nos damos cuenta de
lo acostumbrados que estábamos a su antigua forma
de comportarse.
Además de esto no solo nos damos cuenta nosotros,
sus profesoras no hacen otra cosa que felicitarlo.
Las anotaciones de llamadas de atención se han
convertido en continuas felicitaciones. Al punto tal
que el otro día me ha llamado una mamá, a
sugerencia de la profesora no sensibilizada en este
tema, a quien decidí no abordar porque solo se
limitaba a enseñar inglés, y a quien abordamos al
principio, cuando aún no tenía el diagnóstico del
TDAH, para preguntarme qué había pasado con mi
hijo, para poder hacerlo con el suyo.
Su profesora nos escribió,
trascripción literal: “ ... ha mejorado
notablemente, si lo vieran, es otra persona, ahora
acaba sus trabajos sin estar acompañándolo todo el
tiempo, se concentra más y ya no le cuesta tanto
entender las indicaciones, muchas veces lo dejo solo
y me responde bien. Sé que es un largo proceso pero
veo mejoras y me hace muy feliz. Continuemos
trabajando juntos y lograremos nuestro objetivo”.
Ahora tenemos a un niño muy motivado,
competitivo, cosa que nunca le había importado, y
en este tema es increíble porque nosotros no teníamos
idea del sistema de recompensas que se empleaba en
la clase para motivar a los niños. Ahora nos trae
los pantalones rotos, cuando iba al colegio y veía
los uniformes parchados de los otros niños, me daba
cuenta que mi hijo era muy tranquilo, craso
error!!!!! Era que no jugaba, se auto-excluía, en
tres meses he tenido que comprar un par de
pantalones más, esto nunca había sucedido antes.
Su nivel de socialización ha mejorado mucho, claro
nunca llegará a ser el más simpático ni mucho
menos, pero no se sentirá excluido y al contrario
será uno más y no el diferente.
Lo mejor de todo es que nos
hemos dado cuenta de que no estamos solos en todo
este proceso, que en nuestro andar nos hemos
encontrado con muchas personas que no conocen del
tema del TDAH al igual que nosotros. Pero que a
pesar de ello, y con nuestra sensibilización, han
demostrado gran interés por ayudar a los demás, y
me refiero en especial a las profesoras del colegio,
muy inquietas por profundizar el tema, a otras mamás
que padecen con sus hijos sobre los mismos
temas, y que todos juntos podemos ayudar a otras
personas a obtener una mejor calidad de vida.
Estamos muy conscientes, nosotros como padres, y
nuestro hijo como TDAH que no todo está hecho, que
no debemos bajar la guardia y más bien nuestro
trabajo es interminable, pero que los frutos los
cosechamos día a día, con una sonrisa, con
compartir los pequeños logros, y el involucramiento
en un trabajo conjunto. He de decir que el taller de
coaching del APDA al que decidí asistir ha sido de
gran ayuda, no solo por recibir mucha más información
sobre el tema, y sobre la forma de conducir al niño,
sino porque además es un espacio de entendimiento
con las participantes, en el que podemos hablar
abiertamente y ser totalmente comprendidas, en el
que cada día nos llevábamos con nosotras
tranquilidad, sosiego y sobre todo mucho
conocimiento. La realidad es que después de siete años
de andar dando tropezones, obtuvimos muchas
respuestas en una consulta con el neurólogo.
Testimonio
aparecido en el boletín electrónico nº 13 del
APDA, del 18 de septiembre del 2006.
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