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TESTIMONIO
Del estudiante universitario Álvaro Gastelumendi
Desde los 11 años, momento en que se me diagnosticó
el TDA(H), adopté una perspectiva positiva sobre el
asunto. Hasta hoy percibo esta condición no como un
trastorno, sino como un cableado cerebral distinto
que otorga a quienes lo tienen una serie de características
generales particulares, entre las que considero que
se cuenta un estilo de percepción global, una alta
capacidad de integración y una sensibilidad intensa
a las emociones propias y ajenas. Para mí, no es
que el TDA(H) sea un problema en sí mismo, sino que
a los que tenemos esta condición nos es
tremendamente difícil adaptarnos a las exigencias
culturales a las que somos sometidos desde muy pequeños.
En un mundo que privilegia la objetividad por sobre
todas las cosas, nuestras características son
realmente inadaptativas.
Todo lo que está escrito arriba es una interpretación
racional y probablemente esté más basada en la
realidad que en el deseo de buscarle tres pies al
gato. Los contenidos emocionales relacionados con
todas estas ideas son, no obstante, diametralmente
opuestas. La culpa, la ira, la baja autoestima y la
desesperanza son los principales sentimientos
asociados con, al menos, mi propia experiencia de
crecer con TDA(H) (por otro lado, la experiencia oceánica
de fundirme con el entorno que caracteriza los
momentos en que doy rienda suelta a mi naturaleza
distraída es indescriptiblemente placentera).
La naturaleza, en su sabiduría, nos ha otorgado un
nivel de resiliencia excepcional. Desde niños
sobrevivimos en un entorno hostil, donde se nos
sobrecarga con tareas que exigen un alto desempeño
en habilidades que nos son esquivas, se nos critica
y penaliza por hiperactivos y distraídos, y en
general, la gran mayoría de nuestras tendencias
cognitivas naturales son reprimidas. A pesar de todo
esto, seguimos hacia delante, sin rendirnos a pesar
de que nada en este mundo tiene sentido a nuestros
ojos. Y es esta última característica en la que
creo que radica la bendición del TDA(H): nuestra
condición nos somete a un estado de perpetua búsqueda,
a un nunca estar realmente cómodos, a no quedarnos
dormidos y despertarnos un día dándonos cuenta que
se nos pasó la vida.
En los veinticuatro años que llevo caminando es este
mundo, el TDA(H) me ha permitido conocer cada día
tanto los patrones maravillosos que subyacen a los
procesos de la naturaleza (pasando horas enteras
observando una línea de hormigas, una formación de
nubes, rituales de apareamiento de palomas, etc.)
como los extremos del dolor, de la mezquindad humana
y de la intolerancia. Toda la información contenida
en este amplio rango de aprendizajes ha pasado por
los procesos de integración que son característicos
en el aparato cognitivo de las personas con déficit
de atención. Sobre los resultados de esta integración,
baste decir que hoy siento en mi corazón que todo
en el mundo tiene sentido, y que conforme pasen los
años, más personas irán comprendiendo que lo que
hoy se llama TDA(H) es en realidad una vocación
innata y una facilidad neurológica para lograr la
armonía y la felicidad.
Testimonio
aparecido en el boletín electrónico n.º 12 del
APDA del 28 de junio del 2006
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