 |
CORRELATOS CLÍNICOS ENTRE EL TDAH Y EL TRASTORNO BIPOLAR
EN NIÑOS Y ADOLESCENTES
|
| |
Dr. Carlos Núñez Chávez*
|
|
Esta presentación busca
correlacionar aspectos clínicos de dos entidades nosográficas bien
definidas en las clasificaciones DSM-IV y DIC-10, y más específicamente
en aquellas formas clínicas complejas, poco diferenciadas, con síntomas
que se solapan y confunden. J. Artigas-Palladares refiriéndose a
estos casos, nos dice: “[…]
cuando intentamos encajar la realidad de nuestros pacientes en los
constructos diagnósticos actuales y los síntomas desbordan los límites
establecidos para cada diagnóstico, no podemos determinar si
estamos antes dos trastornos distintos, o bien ante un trastorno único
que se expresa con dos o más diagnósticos definidos
artificialmente”.
La rigidez de los criterios utilizados en estas clasificaciones, si
bien han contribuido a mejorar la precisión en los diagnósticos,
en casos complejos con síntomas poco definidos, se puede correr el
riesgo de terminar arbitrariamente excluyendo algunos casos
de una determinada patología y/o incluyéndolos en otra. Sin
embargo —a pesar de ello—, en estos casos es imprescindible que
el clínico cuente con un primer diagnóstico que le permita
implementar un tratamiento de inicio, pero dejando siempre abiertas
otras posibilidades diagnósticas, dependiendo del curso, evolución
y respuesta al tratamiento.
|
|
En la práctica clínica, estos casos complejos, con síntomas
que cumplen con los criterios diagnósticos para ambas patologías
no son tan infrecuentes si consideramos los estudios de
J. Biederman y cols. (1999),
que en una muestra de niños diagnosticados con TDAH señalaron que
el 16% también cumplía con los criterios para manía. Otro tanto
sucede con los estudios realizados en los trastornos del afecto, si
lo relacionamos a las manifestaciones clínicas que comparten con el
TDAH, un 80% de niños con trastorno bipolar suele tener cinco o más
de los síntomas primarios del TDAH. Otros
estudios señalan que un tercio de los niños o adolescentes con
trastorno por déficit de atención con hiperactividad padece además
un trastorno depresivo mayor y una quinta parte presenta
comorbilidad con trastorno bipolar.
Junto a estos porcentajes de solapamiento que hacen
difícil llegar a un diagnóstico,
durante muchos años existió otro factor que contribuyó a no
diagnosticar manía en niños, al considerar los clínicos que sólo
los adultos presentaban trastornos
del afecto. Fue Carlson en 1978, quien al realizar estudios
comparativos en adultos y adolescentes bipolares, constató que en
un 20 % el debut de los trastornos afectivos ocurría antes de los
19 años. Posteriormente,
Ballenger, Reus y Post (1982) y Hsu (1986), confirmaron estas observaciones y concluyeron que en la adolescencia ocurría
un pico de mayor incidencia. En
edades más tempranas, como las pre-puberales, según considera
Weller (1986), la manía no se diagnosticaba hasta en un 50%, por
las serias dificultades que plantea su identificación y en muchas
ocasiones fue diagnosticada como TDAH.
|
|
Planteadas estas
consideraciones generales, pasaremos a desarrollar un marco de
referencia que nos permita reconocer dentro del solapamiento o
presencia de síntomas iguales, aquellos matices o forma de
presentarse, que nos permitan diferenciarlos.
El marco de referencia que propongo para el procesamiento
de la información y el análisis clínico en estos casos
complejos parte de considerar en la evaluación dos ejes: uno
que llamaremos diacrónico, que tome en cuenta los procesos
evolutivos y sus antecedentes históricos, y
otro sincrónico, que busca correlacionar en un tiempo
determinado las posibles diferencias y semejanzas de los síntomas
observados.
En el eje diacrónico que
sigue el curso del ciclo vital, evalúa los antecedentes
familiares y personales, síntomas prodrómicos, y aparición y
cambios en el tiempo de los síntomas presentes. De su ciclo
vital, hemos seleccionado algunos elementos donde solemos
encontrar matices y formas de presentación que pueden ayudarnos
a diferenciarlas. Los elementos considerados en este eje, estarían
en relación a:
(1) la etapa de inicio
(2) el curso evolutivo de la enfermedad
(3) los antecedentes familia
(4) la respuesta al tratamiento
(1) En cuanto al primer elemento, las diferencias se
plantearían con la edad de inicio del trastorno; mientras que el
TDAH tiene un inicio precoz haciéndose
más evidente cuando el
niño empieza a caminar, en la manía o hipomanía los síntomas
aparecen más tardíamente, habitualmente en la preadolescencia y
excepcionalmente antes de los 6 años. Además, en el trastorno
bipolar, a medida que la edad de su inicio es
más temprana, su diagnóstico se complica al manifestarse de
manera poco precisa y estable. Por ello, algunos autores consideran
el aumento de su prevalencia en estas edades a un sobre diagnostico (D. Holmgren, E. Correa, V.
Lermanda).
|
|
Asimismo, es pertinente
puntualizar en este primer elemento, la constatación de que los
trastornos afectivos suelen debutar en la infancia más como un
trastorno depresivo y en la adolescencia como un cuadro maniaco o
hipomaniaco, similar a los adultos (Lisk y Dime Meenan 1994; Carlson
y Strober 1978). El pobre inicio de cuadros de manía en niños
menores y cuya clínica pudiera confundirse con un TDAH, confirma la
posible presencia de sobre diagnóstico a estas edades, y por tanto,
debemos ser cautelosos al hacer dicho diagnóstico.
(2) El segundo elemento de análisis,
se refiere al proceso evolutivo y curso de la enfermedad en ambas
patologías. En el TDAH los
síntomas se mantienen y se prolongan en el tiempo, y la mejoría observada ocurre
solo durante el tiempo de acción del fármaco o más espontáneamente
al llegar la adolescencia. En los trastornos afectivos, si bien
persisten en el tiempo con una marcada tendencia a la cronicidad,
suele cursar con episodios que se alternan de manía o depresión.
Sin embargo, este elemento diferenciador útil en la adolescencia,
tiende a diluirse cuando el desorden bipolar se inicia más temprano, momento
en el cual su clínica corresponde más al llamado ciclado rápido o
estados mixtos. En estas edades tempranas, un curso episódico manía/depresión
no es la regla como si sucede en la adolescencia y edad adulta
(Carlson 1998); Para Wozniak (1995) esta tendencia al ciclado rápido
en menores de 13 años, alcanza cifras tan altas como el 98%.
|
|
(3) El hallazgo de antecedentes familiares puede
servirnos de referencia para ambos trastornos, especialmente cuando
encontramos diagnósticos concluyentes en uno o más miembros de su
familia. La mayor consistencia de los diagnósticos realizados en
adultos, que están
corroborados por datos referidos al curso y evolución del cuadro clínico,
y su respuesta a los
tratamientos implementados, puede ser un elemento de diagnóstico, que se suma a los
otros elementos encontrados.
(4) La respuesta a determinados fármacos, asimismo
puede darnos la pauta si estamos en el camino correcto.
Lamentablemente siempre hay un porcentaje de casos que a pesar de
contar con los criterios para su diagnóstico y haberse
administrando el fármaco correcto, la respuesta no es la deseada.
La no respuesta favorable al tratamiento puede ser un buen indicador
para replantearnos otras posibilidades diagnosticas y el uso de
otros fármacos.
En el eje sincrónico la evaluación se
centra en aquellas manifestaciones clínicas que están presentes en
un determinado momento del proceso. Es un corte transversal que nos
permite observar en su conjunto e individualmente como se presentan
y organizan los diferentes síntomas. Para facilitar el estudio
comparativo de los síntomas observados se cuenta con ciertos parámetros
que pueden cuantificar y poder así, afinar la evaluación clínica
en los casos complejos.
|
|
Los parámetros a los que nos referimos corresponden
a la posibilidad de evaluar en cada caso: (1) la frecuencia, (2) la
intensidad, (3) el número y (4) la duración de los síntomas
presentes (FIND). Si bien, en este tipo de evaluaciones se necesita
cierta experiencia clínica, el hecho de contar
con estas categorías de referencia nos facilita la evaluación.
Cada caso identificado con una patología, debe ser evaluado en su
grado de frecuencia, intensidad, número y tiempo de duración de
los síntomas encontrados.
Creemos conveniente añadir a los parámetros (guidelines)
del FIND una quinta categoría, que nos permita evaluar la
permanencia del síntoma a pesar de que el entorno o las
circunstancias cambien. La denominaremos (5) la persistencia del síntoma,
y busca evaluar la mayor o menor capacidad para permanecer en ámbitos
o circunstancias diferentes. Así por ejemplo, la irritabilidad o
estar molesto suele ser mas persistente en la manía que en el TDAH,
y en el TDAH la hiperactividad suele ser más persistente que en la
manía.
Siguiendo este marco de
referencia, describiremos ahora algunos de los síntomas que ambas
entidades comparten, y señalaremos en ellos algunas de las características
y matices que pueden permitirnos su diferenciación.
|
|
El sueño, si bien en ambas
patologías está alterado, podemos observar ciertas diferencias
puntuales; entre ellas, irse a la cama y conciliar el sueño y,
también, en la manera de dormir. Mientras que a los niños con TDAH
les cuesta irse a la cama y tienden a prolongar el día, ya metidos
en la cama y libre de estímulos suelen dormir sin problemas; en
cambio, los que padecen trastorno bipolar muestran más dificultades
para irse a la cama, tienden a prolongar el día durmiendo menos
horas, mostrando además un sueño inestable, en ocasiones acompañado
de pesadillas.
Con la irritabilidad podemos señalar también
algunas características distintivas. En los niños con TDAH la
irritabilidad suele observarse como reacción a una sobre estimulación
de los sentidos o de sus emociones, tiene forma de rabietas pudiendo
ser intensa pero de poca duración. En los trastornos bipolares (manía),
estos episodios de irritabilidad se presentan cuando se les plantea
límites o se les dice no; suele ser más intensa y de mayor duración,
persistiendo el enojo algunas horas. También, estos niños superado
el episodio suelen sentir remordimiento y reconocen que no han
podido controlarse.
La falta de atención también suele darse en
el trastorno bipolar, y no es infrecuente su presencia al inicio de
la enfermedad, precediendo incluso al cambio del estado de ánimo,
el cual se desarrollaría posteriormente. En el
caso del TDAH este déficit se mantiene como el síntoma
central y persiste en el curso de la enfermedad.
|
|
Los problemas de conducta y la tendencia a
destruir que se observa con frecuencia en ambos diagnósticos, es
posible diferenciarlos si se constata la intención de hacerlo o no.
En los trastornos del estado de ánimo, habría intencionalidad y
premeditación, y en cambio, en el TDAH serían más bien
consecuencia de su inquietud, distraibilidad y olvidos.
En la hiperactividad hay que tener en cuenta
no tanto la intensidad del movimiento, que en ambas podría ser
intenso, sino en las circunstancias en las que se presenta y si
tiene o no una finalidad concreta.
En ambas, la hiperactividad está acompañando y dirigiendo
la conducta; sin embargo, podríamos decir que en los trastornos del
afecto, la hiperactividad acompaña más que dirige la conducta y en
el TDAH más la dirige. Llamamos acompañar al hecho que en la manía
la hiperactividad funciona como consecuencia de su estado de ánimo,
pero el niño mantiene cierta consistencia en lo que quiere y hace,
lo cual no suele suceder en el TDAH.
Conclusiones:
Por lo expuesto, queda en evidencia que ambos
trastornos se acompañan de altas tasas de comorbilidad, y en estos
casos complejos, mucho de ellos cumplen criterios para más de un
diagnóstico. Sin embargo, dependiendo del grado de severidad del
caso, es frecuente encontrar ciertas tendencias contradictorias en
algunos clínicos. Si identifican una patología como severa,
priorizan la jerarquía y no toman en cuenta los síntomas
asociados, obviando los otros diagnósticos. Si asumen que el
trastorno es poco severo, dan prioridad al diagnóstico comórbido y
soslayan el trastorno principal.
Tal vez lo más
sensato en estas situaciones complejas, es priorizar el diagnóstico
según su grado de severidad, pero sin descuidar las otras patologías
que puedan estar asociadas. Especialmente, cuando debemos elegir un
psicofármaco que si bien estaría indicado para la patología
principal, podrían precipitar o exacerbar las otras patologías. El
riesgo a sesgar el diagnóstico disminuye cuando el clínico es
capaz de compartir esta información con otros especialistas y en el
proceso de evaluación se mantiene abierto a otras posibilidades.
Asimismo, cuando junto a mantener criterios claros sobre cada uno de
las posibles alternativas, muestra una gran versatilidad para
acomodarse a patologías afines y trabajar con otros especialistas.
|
*
El
Dr. Carlos Núnez es presidente de la Sociedad Peruana de Psiquiatría
de Niños y Adolescentes. Quien esté interesado en
las referencias bibliográficas de este artículo puede solicitarlas
al autor: cnunez@terra.com.pe
Artículo aparecido en el boletín electrónico n.º 16 del APDA, del
10 de septiembre del 2007.
|
|
|
|