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MI RELACIÓN DE CUATRO DÉCADAS CON EL TDAH
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Dr. Armando Filomeno*
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Mis
primeros recuerdos sobre un paciente con lo que ahora se conoce como
Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), son
de mis años de estudiante de medicina en Cayetano Heredia —en la
primera mitad de la década de los años sesenta— cuando conocí a
una niña de la parentela que era tremendamente movida y tenía una
conducta incontrolable. Recomendé que la viera un neurólogo y el
padre eligió a un conocido neurocirujano que tenía una amplia práctica
neurológica; su diagnóstico fue disritmia y le indicó un
anticonvulsivo que no hizo nada por la niña, quien continuó
teniendo dificultades en la escuela y en la casa, y luego serios
problemas en su vida privada, que se han agravado con los años y
que persisten hasta la actualidad.
Por mis
lecturas conocía lo que se denominaba —desde un par de años
antes— Disfunción Cerebral
Mínima, y había leído la primera monografía que se había
publicado sobre el tema;1 como ocurre con muchos libros, lo presté hace 38 años y nunca me
fue devuelto. Estaba enterado también de que el tratamiento más
efectivo eran las anfetaminas, especialmente la dextroanfetamina,
pero como yo aún era estudiante no me era posible recetar, y poco
pude hacer por la niña, además de darle a mi pariente la opinión
de un aprendiz.
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En
mi rotación por pediatría durante el internado —a pesar de que
suscribí a mi jefa a importantes revistas extranjeras de la
especialidad—, no logré convencerla de la existencia del síndrome
y por lo que recuerdo nunca llegué a tratar con dextroanfetamina a
los pacientes que se ceñían a ese diagnóstico en la consulta
externa del hospital. Es cierto que, en el trabajo diario, problemas
de vida o muerte como la meningitis y la encefalitis ocupaban todo
el tiempo y las energías de quienes allí laborábamos.
Durante mi residentado en neurología y neuropediatría en la
Universidad de Rochester, en los EEUU, a fines de los sesentas y
comienzo de los setentas, la Disfunción Cerebral Mínima (DCM) era
pan de todos los días y el tratamiento se hacía con
dextroanfetamina (Dexedrine) y también con metilfenidato (Ritalin).
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A
mi regreso al Perú a comienzos de la década de los años
setenta, me encontré nuevamente con la disritmia, que
—además de ser usada como eufemismo de epilepsia—
englobaba un abanico de problemas que iban desde la
malacrianza hasta el retardo mental (la DCM estaba en medio de
ellos); el hilo conductor de dicho diagnóstico era la presencia
de anormalidades —más imaginarias que reales— en el
electroencefalograma. La disritmia
era diagnosticada por neurólogos, neurocirujanos y
psiquiatras, y los medicamentos usados eran los anticonvulsivos
y fármacos anodinos a los que yo solía referirme como los
gamalates y los encefaboles. Le declaré la guerra a dicho
diagnóstico y tratamiento, y recuerdo que en el Congreso
Peruano de Psiquiatría, Neurología y Neurocirugía del año
1974 traté el tema en tono jocoso e irónico, utilizando
diapositivas con caricaturas, que causaron mucha gracia pero
poco hicieron para cambiar los conceptos, diagnósticos y
tratamientos; lo que sí ocurrió fue que me consiguió algunos
enemigos, pues quienes se sintieron afectados reaccionaron con
expresiones como “qué se ha creído este jovencito...”.
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Recuerdo también cómo
el diagnóstico de Disfunción Cerebral Mínima —al lado del
cual coexistió el de Síndrome Hiperkinético— fue
gradualmente cediendo paso, en la década de los 80, al de
Trastorno por Déficit de Atención —con hiperactividad o sin
ella—, y en los últimos diez años se llegó al diagnóstico
actual de Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad
(TDAH), con sus tres tipos. Esto,
sin embargo, para los pacientes ha sido lo menos trascendente de
todo, pues las variaciones han sido más en la nomenclatura que
en el concepto.
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Más
importante ha sido que por épocas no se pudiera conseguir el
metilfenidato en las farmacias del país y que haya sido
necesario que los pacientes lo trajeran de México —con la
ayuda de una azafata de Aeroperú, trágicamente fallecida en un
accidente frente a nuestra costa— o del Ecuador, o que haya
sido necesario recetar café, el remedio casero para el TDAH, y
exponerse a que las abuelitas dijeran: “cómo se le ocurre a
este doctorcito recetarle café a mi nieto”.
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En
los últimos tres años, la novedad fue que el metilfenidato se
convirtiera —por celo burocrático excesivo— en un medicamento
que necesitara receta por triplicado, con dirección, teléfono,
diagnóstico, etc., y que en el último año requiriera de un
formulario especial que ha hecho más difícil comprar Ritalin que
cocaína en Lima. Otra desagradable novedad es que las compañías
de seguros con frecuencia no lo cubren usando como pretexto “que
es un estimulante”, “que es dañino para el cerebro”, etc.
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Párrafo
aparte merece la desidia de los laboratorios que desarrollaron
la dextroanfetamina y el metilfenidato. El primero de ellos no
tiene interés alguno en vender su útil producto en el Perú
desde hace cuatro décadas, y el segundo no comercializa aún su
preparado de 8 horas de duración (Ritalin LA) en el país.
Tampoco se consigue el metilfenidato que se libera mediante el
sistema OROS, que actúa durante 12 horas (Concerta), aunque se
anuncia su llegada en los próximos seis meses. Llama a sorpresa
que se desprecie a una población tan importante de niños,
adolescentes y adultos, mientras muchos laboratorios se pelean
un mercado en el que existe una decena de productos para
trastornos que afectan a un número varias veces menor de
personas. Habría que decir como Condorito: "¡exijo una
explicación!"
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La
aparición de los boletines de la Asociación Peruana de Déficit de
Atención (APDA), hace más de dos años, ha significado —para un
público cada vez más amplio— la posibilidad de informarse sobre
muchos aspectos del TDAH, como la utilidad de los medicamentos o la
falta de evidencia con respecto a la efectividad de algunos métodos
alternativos de tratamiento que se están introduciendo en el país;
la independencia de la que gozan los boletines ha incomodado a más
de uno. Desde octubre del 2004 la página web del APDA —para bien
de los padres, pacientes y profesionales— ha significado tener
información permanentemente a la mano.
Mi asistencia en los últimos cuatro años a eventos sobre TDAH y Síndrome
de Tourette en Washington, Cancún, Nashville, Buenos Aires y Dallas
me ha permitido ponerme en contacto con profesionales de alto nivel,
siendo para mí muy significativo que en la mayoría de estos
lugares haya conocido a algún médico que ha estudiado o ha
efectuado su especialización en la Universidad de Rochester.2
Con ellos he podido intercambiar recuerdos sobre el Hospital Strong
Memorial, el departamento de neurología y su ilustre jefe
fundador,3 la escuela de medicina, la escuela Eastman de música con los
recitales domingueros de sus alumnos —el ingreso era libre, por
supuesto—, los inviernos polares de la ciudad, etc.
Recuerdo períodos muy satisfactorios de mi actividad médica, como
cuando fui jefe de residentes de neurología y luego de neuropediatría
en Rochester, cuando fui fellow en Johns Hopkins o
cuando fui docente de neurología a tiempo completo en Cayetano
Heredia, y el primer neuropediatra de su hospital docente. Sin
temor a equivocarme puedo decir, sin embargo, que mi labor
profesional actual —en el campo que suelo denominar Neuropsiquiatría
Pediátrica— de la cual los boletines electrónicos y la página
web del APDA forman parte importante, no la cambiaría por ninguna
1
Bax, Martin and Ronald Mc Keith. Minimal Cerebral Dysfunction.
Little Club Clinics in Developmental Medicine nº 10. London:
Spastics Society with Heinemann. 1963
2
Washington 2002: Edward Kaplan, M.D., estreptococólogo (como se autodenomina),
actualmente en la U. de Minnesota; estudió college en la
U. de Rochester. Cancún 2003: Jeffrey Newcorn, M.D., psiquiatra
de niños y adolescentes, actualmente en Mount Sinai, New York;
estudió college y medicina en la U. de Rochester. Nashville 2004: Michael Finkel, M.D. quien
hizo su residentado de neurología en la U. de
Rochester, actualmente está en la Cleveland Clinic en Naples,
Florida; tiene a su cargo las relaciones internacionaless en el
CHADD (Children and Adults with Attention-Deficit/Hyperactivity
Disorder).
3
Robert J. Joynt, M.D., Ph.D., Profesor Universitario Distinguido
de Neurología, ex-decano de la escuela de medicina de la
Universidad de Rochester y jefe fundador de su departamento de
neurología; mi maestro de neurología.
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