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TRASTORNO POR DÉFICIT DE ATENCIÓN CON HIPERACTIVIDAD
EN POBLACIONES ADULTAS
Controversias conceptuales y desafíos clínicos
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Renato D. Alarcón, MD, MPH*
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Es bien sabido que el Trastorno
por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) es una entidad
clínico-conductual heterogénea de etiología aun imprecisa.
Caracterizado fundamentalmente por
dificultades en la focalización de la atención,
impulsividad e hiperactividad —de severidad variable— el TDAH
plantea desafíos significativos a familias, profesionales,
investigadores y a la sociedad en pleno. Para los clínicos en
particular, el hecho de que hasta un 40-60 % de niños portadores
del diagnóstico continúe mostrando ciertos problemas conductuales,
emocionales y cognitivos durante la adolescencia y aun en la edad
adulta, se convierte en tema de permanente discusión y debate. Y no
puede ser de otra manera ya que, desde un punto de vista práctico,
es importante tener una idea más o menos clara del trastorno y sus
implicaciones más allá de su incidencia en la población infantil.
Tratamiento, comorbilidades, pronóstico y calidad de vida son
algunos de los tópicos examinados en estas controversias.
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Desde la perspectiva de la
psicología del desarrollo, la ‘sabiduría convencional’ en
relación al TDAH
postula una gradual maduración de estructuras neurales
comprometidas en la patogénesis de los principales síntomas del
trastorno. En tal contexto —razonan los sostenedores de este punto
de vista— la inmensa mayoría de niños con TDAH evoluciona clínicamente
hacia un estado considerado esencialmente como normal. Si bien esto
ocurre en un buen número de casos, no hay duda tampoco de la
existencia de una
‘minoría sustancial’ de niños en los que puede observarse un
espectro de conductas y cuadros clínicos: desde la leve
persistencia de algunos problemas cognitivos hasta severos casos de
trastornos de personalidad, pasando por cuadros afectivo-ansiosos de
intensidad variable.
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Aun cuando la prevalencia de
TDAH per se en
adultos, su severidad e indicaciones para tratamiento distan de
estar plenamente identificadas, queda claro que solo un pequeño
porcentaje reúne todos los criterios diagnósticos incluidos en
la 4.ª edición revisada del Manual Diagnostico y Estadístico
de Trastornos Mentales (DSM-IV TR) de la Asociación Psiquiátrica
Americana (APA). Como evidencia de la incertidumbre en relación
a este tema, la tercera edición del DSM (1980) incluyó el
TDA-ER (Estado Residual) aplicable a pacientes mayores de 18 años,
diagnosticados cuando niños, con impulsividad e inatención
residuales, pero sin la abrumadora hiperactividad psicomotriz
observada en la infancia. Este rubro diagnóstico fue eliminado
en DSM-III-R (1987), pero DSM-IV (1994) incluyó la anotación
“en remisión parcial” para referirse a adultos con
sintomatología parcial, persistente y disfuncional. Muchos clínicos
utilizan el añadido “no especificado de otra manera” para
referirse a cuadros similares a TDAH en adultos sin historia
precisa del trastorno durante sus años infantiles.
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En el momento actual, se
considera un error el asumir que el TDAH es una entidad que
existe solo en poblaciones infantiles. El ignorar un posible
margen de residualidad en adultos privaría a estos últimos de
una útil y valiosa atención clínica . Por otro lado, se dice
que un pequeño número de síntomas en el adulto puede ser más
dañino que un número grande en el niño. Aun cuando existen
pocos estudios de campo, se ha encontrado que adultos con
historia previa de TDAH muestran menores niveles de educación,
mayor frecuencia de “nerviosismo”, ansiedad, problemas
interpersonales, consumo de drogas y franca personalidad
antisocial. En niñas con historia clara de TDAH, un coeficiente
intelectual bajo, alteraciones del lenguaje y signos
neurológicos ‘blandos’ parecen apuntar más hacia una base
neuroestructural en tal grupo.
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Otros estudios señalan
claramente un mejor pronóstico a más años de seguimiento. El síntoma
de hiperactividad parece tener mayor valor pronóstico (negativo)
que inatención o impulsividad: aparentemente eleva la probabilidad
de desadaptación social y de una mayor tasa de trastornos psiquiátricos,
independientemente de la existencia de trastornos de conducta
previos. En general, la literatura existente en este campo tropieza
con inconvenientes que deben inducir a prudencia y discreción en la
interpretación de los datos; tales inconvenientes incluyen definición
del cuadro clínico, comorbilidad, poblaciones no representativas,
falta de grupos de control adecuados, periodos cortos de seguimiento
e interferencia de tratamientos administrados.
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Se acepta, sin embargo, que
aquellos adultos con diagnóstico previo y claro de TDAH que acuden
a consulta profesional, lo hacen en función de síntomas agrupados
en las tres esferas convencionales de la actividad mental:
I) ESFERA COGNITIVA.- Los principales síntomas en este dominio
incluyen:
— Distraibilidad
— Problemas de memoria reciente
— Dislexia residual o persistente
— Disgrafia
— Repetitividad
— Dificultades en el pensamiento abstracto (más en
pacientes varones)
— CI por debajo del promedio (más en
pacientes mujeres)
— Manifestaciones pseudoperceptuales (p.ej.
alucinaciones), psicotomorfas (infrecuente)
II)
ESFERA AFECTIVA.- Se han observado los siguientes síntomas:
— Labilidad emocional
— Inestabilidad afectiva
— Indiferencia
— Alexitimia
— Cuadros clínicos más o menos definidos:
Distimia, Trastorno Depresivo
Mayor, Trastorno
de Ansiedad Generalizada
III)
ESFERA CONDUCTUAL (antes
llamada volitiva o conativa):
— Impulsividad
— Desinhibición
— Irritabilidad, Agresividad
— Sociabilidad limitada
— Exhibicionismo, ‘narcisismo’
— Conductas delincuenciales
— Cuadros clínicos más o menos definidos: Trastornos
de Personalidad (en particular del grupo B: antisocial,
limítrofe, histriónica; en menor grado del Grupo C: evitativa,
dependiente u obsesivo-compulsiva) y Trastornos por Abuso de
Sustancias.
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En el área del tratamiento,
las controversias no son menos intensas. Si la polémica en cuanto
al uso de estimulantes en niños con TDAH no cesa, a pesar de su
comprobada efectividad, no
sorprende que ella sea tanto o más pronunciada cuando se trata de
adultos con diagnóstico incierto y comorbilidades múltiples. Sobre
la base de creciente literatura de seguimiento de cohortes cada vez
más grandes, la aceptación de (por lo menos) residualidad en
ciertas subpoblaciones parece traducirse en un uso más frecuente de
estimulantes en pacientes en los que se sospecha TDAH persistente.
Ello no obstante, otro sector de profesionales lanza advertencias en
torno a las incertidumbres del uso de este tipo de fármacos. En los
últimos años, ha sido interesante observar en los Estados Unidos,
protestas marcadas de grupos de padres y otros miembros de la
comunidad, censurando la ‘liberalidad’ con la que los maestros
‘diagnostican’ TDAH en el aula y refieren a sus alumnos a
paidopsiquiatras u otros profesionales de salud mental infantil, que
prescriben estimulantes inmediatamente. La ocurrencia de efectos
secundarios, algunos de ellos con
niveles psicóticos, y el riesgo de habituación o pasaje al uso de
drogas aun más peligrosas en la adolescencia y en la adultez joven
son argumentos a
considerarse en favor de una
posición más discreta en este aspecto del problema.
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Los hallazgos de estudios
respecto al uso de estimulantes en pacientes adultos con TDAH son,
pues, controvertidos y, en algunos casos, contradictorios. El
metilfenidato (MPH) es la droga más utilizada y algunos estudios
describen resultados exitosos con buena tolerancia a efectos
secundarios, con dosis de 1 mg/kg. Otros compuestos con los que se
han reportado efectos benéficos incluyen fluoxetina, nomifensina,
pargilina, bupropion, selegilina (IMAO) y metanfetamina de efecto
prolongado. En años recientes, se ha introducido en el mercado
atomoxetina y reboxetina, para uso tanto en niños como en adultos;
se trata de un inhibidor de la recaptación de norepinefrina con
efectos clínicos claramente evidentes en comparación con placebo
en estudios a doble ciego. A dosis de 60 a 120 mg/día, su
efectividad y tolerancia son bastante aceptables, pero es claro que
debe acumularse más experiencia en cuanto a su uso.
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El uso de otros estimulantes en
adultos con TDAH (dextroanfetamina, metanfetamina) y de otros
compuestos (bupropion, selegilina, pemolina, análogos nicotínicos,
antinarcolepticos tipo modafinil) ha tenido niveles variados de éxito.
No debe olvidarse, por otro lado, que en adultos que portan cuadros
comórbidos el uso combinado con otros fármacos tales como
antidepresivos (los más frecuentes en uso conjunto, hasta 15-20 %
en varios estudios), tranquilizantes mayores o ansiolíticos,
plantea problemas metabólicos o farmacokinéticos que, en el
momento actual, se remiten hasta bases molecularess representadas
por la vigencia cada vez mayor de perfiles genético-enzimáticos
tipo citocromo P450. Si bien estos perfiles permitirán catalogar a
cada individuo en cuanto a su capacidad metabólica (lento,
intermedio, rápido o ultrarrápido), su existencia debe también
recordar a los clínicos las interacciones a veces enfrentadas de
diversos fármacos en el mismo paciente.
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Por último, no debe olvidarse
que al lado del manejo farmacológico de esta condición, se impone
una evaluación integral que conduzca a la elección de terapias
combinadas. En el caso de adultos en los que se sospecha TDAH
residual, la multiplicidad de conductas disfuncionales o de síndromes
clínicos detectables, debe forzar a un manejo igualmente
multidimensional. En el momento actual, el uso de terapias de
tipo cognitivo-conductual se ha extendido a esta población, con
evaluaciones a base de
instrumentos que miden
el progreso en áreas específicas. Estas técnicas, al lado de
procedimientos psicosociales, grupales y psicoeducacionales solo
reflejan el objetivo fundamental en el manejo de esta y cualquier
otra condición clínica: rescatar al paciente de su sufrimiento,
elevar su calidad de vida y la de sus seres queridos y alimentar la
esperanza de una recuperación consistente.
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* El
autor es Profesor de Psiquiatría, Mayo Clinic College of Medicine;
Jefe, Inpatient Psychiatry and Psychology Division; Director, Mayo
Psychiatry and Psychology Treatment Center and Mood Disorders Unit,
Mayo Clinic, Rochester, Minnesota.
El Dr. Armando Filomeno, amigo del Dr. Renato Alarcón y su
compañero de clase cuando ambos eran
estudiantes de medicina en Cayetano Heredia, le agradece al brillante profesional peruano por este artículo.
Artículo aparecido en el boletín electrónico n.º
9 del APDA, del 15 de septiembre del 2005.
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